El momento de señalar en rojo una fecha en el calendario, es siempre un instante de gran ilusión para todo deportista que desea afrontar el precioso reto de competir, de llegar al “día del dorsal” con la preparación bien completada y disfrutada, de crecer en el proceso de entrenamiento desde el primer día de la planificación, hasta los inolvidables segundos que preceden a la línea de meta.

Cada temporada, desde primavera hasta final de verano, se suceden todo tipo de eventos de toda índole, si bien nuestra realidad este año es diferente, nuestra realidad es nueva para todos los habitantes de la Tierra, unidos por una batalla colectiva frente al Covid-19. Esa realidad, además de llevarse tristemente por delante la vida de toda una generación, esa a la que se lo debemos absolutamente todo, ha arrasado con las competiciones que debían de celebrarse, al menos, antes del verano.

Somos deportistas, y eso marca una personalidad, una forma de ver y afrontar cada jornada, cada situación laboral, cada relación familiar. Un verdadero deportista es capaz de trasladar a su día a día, todos los beneficios que le aporta el reto de salir a entrenar mañana y tarde, de vencer a la parte de uno mismo que quiere comodidades, subiéndose sin embargo a una bicicleta en pleno amanecer, para cumplir con esa parte de nuestro interior que nos mueve, que nos ilusiona, que nos aporta felicidad.

Un deportista que cuida sus horas de sueño, que selecciona con cariño los alimentos que toma, que mima a su cuerpo y que sigue siendo ese niño que quiere continuar “jugando” a través de sus entrenamientos, de sus piques con amigos o adhiriendo un dorsal a su camiseta, disfruta tanto de su deporte, que desea seguir practicándolo independientemente de las circunstancias, de si es en mitad de la naturaleza o, como ahora, lo desarrolla en casa.

Y es que, el alma de un verdadero deportista le lleva a confiar en sí mismo, le hace crecer interiormente, se fortalece con cada situación superada, en ocasiones en forma de series exigentes con el pulso por las nubes, en ocasiones sacando tiempo durante el día para encajar un entrenamiento en mitad de una agenda repleta de obligaciones.

Porque ser deportista no significa exclusivamente ser profesional, estar en la élite. Ser deportista es una elección libre que cualquier persona puede hacer, sencillamente con el compromiso de marcarse un objetivo, prepararse y evolucionar en un proceso que le ayude a mejorar a todos los niveles (deportivo y personal), y ejecutarlo el día “D”, a la hora “H”, conquistando aquella meta con la que soñó, alcanzando un nivel de felicidad y dicha tan especial que, a todo aquel que lo experimenta, le cautiva y le lleva a repetir una y otra vez, dorsal tras dorsal.

El ser humano es competitivo por naturaleza. Si no lo hubiera sido no habría evolucionado como lo ha hecho, más que ninguna otra especie sobre el planeta. Hemos sido competitivos luchando por la comida con otros animales, hemos sido competitivos tratando de vencer a otros u otras “rivales” para emparejarnos, para determinar, como lo siguen haciendo los animales en algunas especies, quién es el más fuerte de la manada, hemos sido competitivos al querer conquistar lugares más propicios para la vida, hemos sido competitivos en cada juego entre los jóvenes cachorros, hemos sido competitivos y gracias a ello, en definitiva, hemos ido conquistando avances a todos los niveles, para que nuestra existencia fuese cada vez mejor. De hecho, los que no han sido competitivos, se han ido extinguiendo.

Por ese motivo, un verdadero deportista ve en cada entrenamiento o competición una oportunidad para evolucionar, interior y exteriormente. Y al igual que ocurría cuando vivíamos en la selva, las hormonas positivas, las que nos fortalecen, salen a borbotones al torrente sanguíneo y producen esas reacciones químicas que nos infunden placer, satisfacción, que nos aferran a lo que nuestros propios genes tienen como herencia de un pasado lejano en el que la actividad física (entonces para cazar, trasladarse o luchar) era el eje central de nuestras vidas.

Por eso, porque nuestra herencia genética no puede ser acallada u olvidada, porque no se puede tapar bajo la manta de la pereza, porque no podemos ni debemos de ir en contra de nuestro pasado y su legado en nuestros organismos, hemos de seguir practicando deporte, como una forma ineludible de mantener sanos a nuestros cuerpos y nuestras mentes, en línea con lo que siempre hemos sido, seres vivos que se han movido para competir y conquistar, para avanzar hacia nuevos horizontes que nos permitan seguir haciendo la vida más ancha, no solamente más larga.

Somos verdaderos deportistas, no por una moda o porque lo queramos predicar a los cuatro vientos, sino porque es parte de nuestra más profunda identidad como seres humanos. Gracias a ello, independientemente de que se aplacen o cancelen competiciones, la esencia de todo deportista permanecerá y seguiremos entrenando día sí, día también, como siempre lo hemos hecho.

*Este artículo fue publicado originalmente el 12-abril-2020, en la columna dominical «Palabra de Entrenador» que escribo quincenalmente en el del Diario del Altoaragón.