Dice un sabio que “una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones”.

Resistencia, fuerza, velocidad y flexibilidad. Esas han sido las cuatro capacidades físicas que siempre han supuesto la referencia en el entrenamiento deportivo. A todo deportista se le ha clasificado dentro de una u otra para planificar su rendimiento teniendo en cuenta cuál de ellas es la predominante.

En el año 2010, durante la inauguración de uno de los centros de entrenamiento de mayor calidad que se puedan encontrar, uno de sus creadores afirmaba frente a los allí asistentes, entre los que se encontraba Rafael Nadal: “todo es fuerza”. La contundente frase se basaba en la idea de que cualquier movimiento humano, cualquier acción de un deportista, requiere de una contracción muscular y esa contracción es una expresión de la fuerza. Gracias a ello nos desplazamos, saltamos, nadamos, pedaleamos o corremos.

Julio Tous, una de las referencias mundiales del entrenamiento y autor de aquella gran verdad en la inauguración de su Centro en Barcelona, sacudió así, con aquella sentencia, la mente de muchísimos entrenadores. Cuando tras su intervención departíamos, me explicaba que tenía la absoluta convicción de que cualquier deportista, en cualquier deporte, mejora su rendimiento si entrena correctamente la fuerza. Y Julio tenía toda la razón, veamos por qué.

Con la evolución de los sistemas de entrenamiento hemos llegado a la conclusión de que la calidad es más importante que la cantidad, esto es, que en el rendimiento de un deportista importa más que acierte exactamente con las intensidades a las que debe de entrenar que acierte con las horas que ha de entrenar. Si marcamos una cifra, según otra eminencia en el entrenamiento deportivo, el estadounidense Joe Friel, que un deportista llegue a su 100% de rendimiento depende en un 60% de la calidad (acertar con la intensidad) y un 40% de la cantidad (acertar con el volumen: tiempo o distancia).

Cuando de una competición se habla, el rendimiento no se mide por la distancia recorrida (por la cantidad) ya que todo triatleta, del primero al último, recorre las mismas distancias en un IRONMAN. El rendimiento, y por lo tanto la clasificación, se establece según la intensidad, esto es, según la calidad, según el tiempo invertido en llegar a meta.

El tiempo por supuesto depende de la velocidad (una medida de la intensidad) y ésta a su vez depende de la energía que se aplica en cada brazada, pedalada y zancada. Y aquí llegamos al final de la ecuación: para producir más energía en cada movimiento hace falta… ¡más fuerza! El razonamiento es sencillo: más fuerza en cada contracción muscular genera más energía para movernos y con ella más velocidad y gracias a todo este enlace de ideas lleva a más rendimiento.

Claro está que es muy importante que el entrenamiento de la fuerza esté individualizado para cada persona (no es lo mismo un deportista que pese 64kg que uno que pese 80kg) y sea específico para la competición que prepara (no es lo mismo planificar el IRONMAN de Lanzarote, con +2500m en el sector de ciclismo, que el de Maryland, con sólo +90m).

Además, es esencial que gracias a la gran variedad de posibilidades que han venido a enriquecer el entrenamiento, el triatleta se beneficie de todo el elenco de opciones de que puede disponer, esto es, se han de planificar sesiones yendo al gimnasio, con ejercicios y series/repeticiones tradicionales y se ha de hacer entrenamiento funcional.

Hay una tendencia en nuestra sociedad por la que todo debe de ser blanco o negro, todo está encasillado. Además, se tiene la tendencia a ensalzar la novedad y a denostar todo lo anterior. Trasladado a la fuerza se pueden escuchar a personas abogando por un entrenamiento de la fuerza basado sólo en el TRX, el crossfit, el fitball, etc (entrenamiento funcional) y que tachan de “pasado de moda” o sin efecto (¡e incluso como negativos!) a los ejercicios tradicionales del gimnasio.

Nada más lejos de la realidad. Es cierto que el entrenamiento funcional supone estímulos totalmente positivos para que la fuerza que desarrolla el deportista se traslade de forma óptima a sus triatlones. Pero igualmente cierto es que sólo en una sala “clásica” de un gimnasio (con sus máquinas, barras, mancuernas, etc.) se puede llegar a estimular a la musculatura con cierto tipo de series y repeticiones que nunca pueden ser alcanzadas en una sesión de entrenamiento funcional y que son esenciales para que el deportista llegue a su mejor versión.

Por todo ello, ni sólo blanco ni sólo negro: como en la vida, en la riqueza de aprovechar lo mejor de cada color se obtiene la mezcla ideal que da como resultado el estímulo óptimo para llevar a cada triatleta a su mejor versión.

El ser humano es resistente de por sí: nuestro organismo está preparado para vivir largos años. Por ello, esa cualidad, la de resistir, es innata en nosotros. La otra, la de imprimir más energía en cada movimiento, la de mejorar la calidad de cada acción y con ella el rendimiento del deportista, depende de entrenar la fuerza.

Blanco y negro, calidad y cantidad, resistencia y fuerza, funcional y clásico: en definitiva, sumar es siempre enriquecer.