Esculpidos. Así parecen estar los deportistas profesionales que compiten en ciclismo, triatlón o atletismo. Esculpidos a base de miles de horas de entrenamiento que van tallando el contorno de cuerpos que son sometidos a la máxima exigencia. Figuras delgadas que desprenden energía, en las que hay tensión, que son la imagen resultante de cuidar cada detalle en el largo camino hasta la competición.

El organismo se mantiene con vida a base de buscar continuamente el equilibrio. Cada respuesta que éste da durante un esfuerzo tiene como objetivo crear las condiciones ideales para compensar las demandas que sobre él se producen. En definitiva, adaptarse cada vez mejor a las exigencias del entrenamiento. Una de esas adaptaciones se puede comprobar a simple vista: cuerpos delgados, finos, musculaturas marcadas bajo una piel que prácticamente no acumula grasa en el tejido subcutáneo.

Esa es la prueba de que el deportista está preparado tras atravesar la planificación del entrenamiento que le ha llevado hasta la línea de salida. Momento al que llega con un bajo porcentaje de grasa que se obtiene por la combinación de distintas variables y que está relacionado con el mejor rendimiento: menor porcentaje de grasa es igual a mayor rendimiento.

Esta afirmación se basa, en primer lugar, en el mayor aprovechamiento del oxígeno que entra en el organismo. Y es que, la práctica totalidad de las células del cuerpo (a excepción de algunas como los glóbulos rojos) necesitan el oxígeno para mantenerse con vida. Por supuesto, para conseguir la energía necesaria para contraerse y relajarse durante horas y horas, los músculos también lo necesitan.

Al tenerse que repartir todo el oxígeno inspirado a las células de cuerpo, si el porcentaje de grasa es mayor y por lo tanto el tejido adiposo es más abundante, la cantidad de oxígeno que requerirá esa parte del organismo (que no ayuda al movimiento) también será mayor. De esta forma, los músculos se ven privados de esa cantidad de oxígeno que sería adecuada para incrementar las posibilidades de aportar la energía óptima para una mejor contracción y relajación, en definitiva, para moverse y con ello obtener un mejor rendimiento.

Además del peor reparto del oxígeno cuando el porcentaje de grasa aumenta se pueden observar otros efectos indeseados. Uno de ellos, bien conocido y esencial en cualquier prueba de resistencia es el aumento de peso. Durante horas el deportista debe mover su cuerpo y cada gramo de más que arrastre supondrá un esfuerzo extra que deberá realizar en cada brazada, pedalada y zancada.

En pruebas límite como el Ironman, el Tour de Francia, eventos con un gran desnivel como pruebas cicloturistas y carreras de montaña o el mítico maratón, ese pequeño gasto añadido puede suponer una gran diferencia a la hora de cruzar la meta. Por esa misma razón, los cuerpos de los deportistas, para adaptarse mejor al esfuerzo, reducen progresivamente el porcentaje de grasa conforme avanza la temporada, alcanzando el objetivo de competir en su peso óptimo, ese que les permite expresar su máximo potencia, generar la máxima energía y con ello llegar a su mejor versión. Por ello también se ha de controlar el peso mínimo que se ha de respetar y calcular para no perder con él la calidad muscular, fundamental para rendir.

Unido a todo ello, otro aspecto esencial es la capacidad de regular la temperatura corporal durante todas las horas de competición. Pues bien, es bien conocido a nivel científico que un mayor porcentaje de grasa corporal empeora las posibilidades de eliminar el calor interno que se va desprendiendo del conjunto de reacciones químicas que se van sucediendo. Debido a ello, la termorregulación empeora y con ella el rendimiento.

Por otra parte, un menor porcentaje de grasa favorece la ejecución de acciones más ágiles a nivel de movilidad. Esto es, biomecánicamente el gesto técnico es mejor, más económico y por consiguiente el gasto energético derivado se reduce con el beneficio que ello supone en la larga distancia.

Finalmente cabe destacar que algunos estudios de investigación han llegado a la conclusión de que aquellos deportistas que se ven con menor porcentaje de grasa, tienen una mejor imagen de sí mismos, confiando más en sus posibilidades de rendir al máximo.

Y es que combinar de forma correcta la nutrición de cada día en función del entrenamiento planificado, sabiendo el objetivo a conseguir a nivel de composición corporal, además de los beneficios fisiológicos expuestos, también aporta un refuerzo mental al deportista que sabe que está preparándose de la mejor manera posible para su competición.

Adaptación, esa es la clave. Por esa razón el cuerpo se va puliendo, se va afilando, se va preparando para la lucha. Estando fino, el organismo está bien preparado para tomar la salida.