En una conversación que mantenía con dos deportistas de élite antes de dirigirnos a desarrollar su entrenamiento charlábamos tomando un café mientras uno de ellos ojeaba las páginas de un periódico en el que se escribía sobre varias competiciones de resistencia recientemente celebradas. Una vez leídas esas noticias nos invitó a su reflexión en voz alta preguntándonos: “Pero, ¿por qué compiten tantas personas cada fin de semana en tantas pruebas de resistencia alrededor el mundo? Nosotros como deportistas profesionales nos ganamos la vida con ello, pero ¿ellos y ellas, por qué lo hacen?”. En ese instante se generó una interesante conversación que giró en torno a esta idea: entrenamos y competimos porque hemos nacido para entrenar y competir.

En efecto, el ser humano desde que ha ido evolucionando a partir de aquella especie que vivía en los árboles como lo hacen hoy todavía algunos primates, ha conseguido desarrollar su inteligencia y con ella su modo de vida gracias a que ha sido siempre una “especie activa”. Gran cantidad de los avances que hemos experimentado han estado muy unidos a nuestro continuo movimiento para la caza de alimento, para desplazarnos a lugares más propicios para ser habitados y además y muy importante, en busca de saciar una característica muy humana: la curiosidad.

Hoy en día se observan como extraordinarias las competiciones de dos, tres o más días consecutivos, pruebas como el Spartathlon, el Maratón de Sables, la Titan Desert o el Tour de Francia. Y en realidad lo son, porque suponen que un deportista llegue a superarse hasta el máximo, tanto física como mentalmente, conociéndose a sí mismo hasta el límite, derribando así las barreras de una sociedad que está marcada por las palabras “fácil”, “inmediato” y “gratis”, justamente lo contrario de lo que llega a conseguir cualquiera que se coloca un dorsal y compite en uno de esos eventos o en otros desarrollados un día que requieren de una gran exigencia: el IRONMAN o cualquier otro triatlón de menor distancia, las pruebas de ciclismo, los maratones o las carreras por montaña.

Los orígenes de nuestras capacidades como fondistas y de esa predisposición genética a la actividad proceden de la etapa en la que necesitábamos correr para comer. En aquel momento la mayoría de los animales que podían suponer alimento para toda la tribu eran más rápidos que nosotros, así que eran precisas dos cualidades: la inteligencia y… la resistencia. A base de una persecución bien planificada que podía llegar a durar varios días, nuestros antepasados conseguían cazar resistiendo más de lo que sus presas podían aguantar ya que éstas eran más rápidas pero menos preparadas para soportar un esfuerzo tan prolongado como el de esas primeras competiciones: cazadores frente a presas.

Está claro que además hoy se han unido variables más finas a esa base evolutiva ya que en entrenar y competir está añadida para muchos la parte social con la que pertenecer y ser aceptado en un grupo. A otros lo que les atrae es la moda, el consumo de artículos deportivos que las firmas comerciales lanzan al mercado de forma frecuente. Además, seguramente todos saben de los múltiples beneficios para la salud de hábitos asociados al deporte y, cada vez entre más personas, llega a calar incluso una verdadera filosofía de vida de los que entrenan hacia una competición, dándole un gran sentido a cada prueba que preparan. Y como demuestran distintas investigaciones, una de las bases esenciales de la felicidad estriba en darle sentido a lo que se hace cada día.

Moverse es lo normal, moverse es lo natural: la evolución nos ha llevado a contar 656 músculos, 206 huesos y 268 articulaciones que nos permiten movernos por lo que estar inmóviles es algo que nuestro organismo no lleva bien. En otras palabras, el sedentarismo va en contra de la naturaleza del cuerpo humano y por ese motivo es el factor desencadenante de multitud de problemas de salud. Antes la caza la teníamos que ir a buscar y ahora que la tenemos servida nada más abrir la nevera o la despensa desaparece la necesidad de ese movimiento por lo que hemos de equilibrar esa pérdida mediante, por ejemplo, la actividad física y el deporte.

Entrenar está íntimamente asociado al oxígeno, el gran protagonista de la vida y que entre otras funciones posibilita que cada fibra muscular pueda cumplir su gran cometido: contraerse y relajarse para encadenar movimientos, para conquistar más metros, más kilómetros, más paisajes. Como resultado, toda esa actividad lleva a las sensaciones agradables de sumar un día más de entrenamiento en la planificación.

Cuando además se llega al momento culminante, el de adherir el dorsal a la camiseta o el maillot, el de la competición, los procesos metabólicos con la adrenalina al frente aceleran todavía más la sensación de placer, de logro, de reto, algo que se deseará repetir en el futuro al dejar una positiva huella en la memoria.

Por evolución, por salud, por salir del círculo de confort, por moda, por socialización, por felicidad, por conquista o por fisiología, está claro que estamos preparados para entrenar y competir, que en nuestras raíces estamos determinados para ello y que uniéndole las características del momento presente, la combinación resultante son millones de deportistas retándose a diario para disfrutar de la siguiente sesión y del próximo dorsal.