Durante una hora de entrenamiento, un ciclista o un triatleta, sea profesional o sea amateur, pedalea más de 5000 veces. En cada giro del pedal aplica una potencia que puede ir desde los 100w hasta los 1000w, dependiendo de la intensidad de la sesión o de las series que tenga planificadas.

Cuando ese deportista está colocado óptimamente sobre su máquina, cada pedalada, cada gramo de energía que aplica sobre las bielas es aprovechado al 100% y gracias a ello puede expresar todo su potencial sobre la carretera, puede demostrar su máximo rendimiento. En definitiva, cada hora que pasa sobre la bicicleta aprovecha la totalidad del esfuerzo que hace sobre ella.

 

 

En el otro lado del espectro se encuentra el ciclista o triatleta que tiene una posición inadecuada y que por lo tanto, cada 60’ de entrenamiento o competición desaprovecha parte de su potencial. Supongamos, volviendo a los vatios (la unidad de potencia que a día de hoy es la forma exacta de medir el rendimiento) que en esas 5000 vueltas del pedal, el deportista mal posicionado deja de aprovechar, por ejemplo la cifra más pequeña posible, esto es, un vatio por cada pedalada.

Al final de una hora de entrenamiento habrá desperdiciado 5000w, al final de la segunda hora 10000w, al final de la tercera 15000w y así sucesivamente, cifras que demuestran una vez más que en pruebas de resistencia, las ganancias que pueden parecer mínimas (un vatio por cada pedalada) al final se convierten en grandes resultados (haber generado 15000 vatios más en una sesión o competición de tres horas de duración).

 

 

En un mundo en el que cada pequeño detalle es analizado para ahorrar energía o para producir más vatios, la colocación correcta sobre la bicicleta es clave ya que asegura, además de evitar lesiones y sobrecargas, que se consiguen los tres grandes objetivos de todo estudio biomecánico:

  1. Generar la potencia ideal en cada momento, aprovechando cada vatio. De esta variable dependerá directamente el rendimiento del deportista, tanto entrenando como compitiendo y por ello, es fundamental optimizarla.
  2. Mantener la aerodinámica adecuada, ahorrando energía para avanzar (eficiencia). Y es que, mediante un test biomecánico se puede lograr que el ciclista/triatleta ahorre gran cantidad de energía, cuestión esencial ya que, del 100% de fuerza que genera un deportista para mover su bicicleta, en torno al 85% está destinado a vencer la resistencia que produce su cuerpo y su bicicleta contra el aire que quiere atravesar y con el que impacta. Así, por muy leve que sea la mejora en la posición aerodinámica el ahorro de energía es enorme y, por consiguiente, la velocidad aumenta considerablemente.
  3. Asegurar la comodidad en la posición, ya que sólo así se pueden cumplir los dos primeros puntos. Un ciclista/triatleta que se está recolocando constantemente sobre la bicicleta porque se encuentra incómodo produce una desaceleración cada vez que se mueve, lo que supone que deba de volver a acelerar (una vez que encuentre otra posición cómoda) para poder regresar a la velocidad que anteriormente llevaba. Y justamente decelerar y acelerar (por lo tanto no llevar una intensidad constante) supone para el organismo un mayor gasto de la reserva fundamental del músculo: los hidratos de carbono. Cada vez que un ciclista cambia de posición (reduciendo y aumentando la intensidad) los carbohidratos son requeridos en mayor medida, disminuyendo así su cantidad e hipotecando por ello su presencia cuando más importancia tienen: en el último tercio de cualquier entrenamiento y competición.

 

 

Durante un test biomecánico se focaliza la atención en esas tres variables y se consigue que el ciclista saque el máximo partido de su bicicleta y de los kilómetros que hace sobre ella. Además, el biomecánico que conduce el test debe de explicar claramente, con datos y argumentaciones científicas y claras al mismo tiempo, los motivos por los que hace todos y cada uno de los cambios en la geometría de la bicicleta, en la posición de las calas y debe además de analizar y mejorar la técnica de pedaleo del deportista ya que, el máximo rendimiento se logra sólo a partir de una buena posición que permita una técnica de pedaleo adecuada en función de las cualidades de cada ciclista/triatleta. En conclusión, un estudio biomecánico debe de estar enriquecido por mucho más que modificar la geometría de la bicicleta.

 

 

Horas y horas, kilómetros y kilómetros sumados llevan a un rendimiento muy diferente cuando cada pedalada se aprovecha al 100% o cuando se desperdicia aunque sólo sea un vatio por cada giro que completan las bielas, algo que es aplicable a cualquier profesional o a cualquier amateur, porque todos, a su nivel, desean alcanzar su mejor versión.